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Enero 25, 2008

A vueltas con el informe PISA

Hace unas semanas publiqué el artículo que viene a continuación en la web de UPyD. Lo reproduzco por si queréis comentarlo.

A vueltas con el informe PISA

En cierta ocasión, discutiendo con un cura, me dijo que era injusto acusar a la Iglesia de estar obsesionada con el sexo. ¿En qué se fundamentaba tal acusación? ¿Existían estadísticas fiables sobre cuántas homilías hablaban de sexo? ¿Se habían hecho porcentajes sobre el número de veces en las que el sexo es citado en documentos pastorales? Le contesté que no sabía de ningún estudio de este género, pero que me bastaba con bucear en mi memoria y cotejar mis recuerdos con los de cualquiera de mis conocidos educados en el catolicismo para sostener que la Iglesia está, efectivamente, obsesionada con el sexo. Cortó secamente la conversación asegurando que mis afirmaciones carecían de rigor.
Igual que el susodicho cura, hay mucha gente incapaz de ver la realidad cuando la tiene delante, y sólo la acepta cuando está traducida a gráficos y porcentajes. Suelen ser personas que tienen, además de pocas luces, una muy escasa formación científica, y conceden a la estadística una mayor credibilidad de la que le dan los matemáticos. Parecen desconocer cómo está la educación en España hasta que se hace público un informe sobre el lugar que ocupa entre los países que nos son más próximos, y cuantos puntos han retrocedido nuestros alumnos en comprensión lectora o en cálculo desde el informe anterior. ¿Hacían falta esos datos para reconocer un hecho que puede ver cualquiera? Hay alumnos que llegan al bachillerato (que, no lo olvidemos, se comienza a los dieciséis años) incapaces de operar con decimales, ignorando cosas muy elementales de geometría y, en algunos casos, sin saber la tabla de multiplicar. En muchas facultades de física, matemáticas e ingeniería ha sido necesario implantar un “curso cero”, que se imparte a lo largo del mes de septiembre, donde se enseñan cosas que antes sabía un estudiante corriente de trece o catorce años. Y la necesidad de este curso no se hizo patente hasta que llegaron los primeros alumnos procedentes de la reforma. Que el nivel de gamberrismo e indisciplina ha subido hasta cotas alarmantes es algo del dominio público, y del descenso del nivel de madurez de nuestros estudiantes hay pruebas cotidianas. No es insólito que un “niño” vaya con su mamá a matricularse a la facultad, y se han dado casos de alumnos universitarios que han ido a la revisión de notas acompañados de sus padres, a los cuales el profesor ha tenido que pedirles que salieran del despacho. Hasta ahora, las empresas preferían contratar a ingenieros jóvenes, para que se formaran en ellas desde el principio. Pues bien, conozco empresarios que, desde que llegaron las primeras generaciones de “ingenieros LOGSE”, prefieren contratar profesionales de más de treinta, procedentes del antiguo sistema. Porque si la formación del ingeniero ha de empezar por explicarle que a los clientes no se les recibe mascando chicle y con la gorra puesta, ya es partir desde muy abajo.
Cuando los hechos colisionan con las ideas, la humanidad se divide en dos partes. La de los tontos que niegan los hechos (amparándose a menudo en la ausencia de estudios y estadísticas) y la de los inteligentes que rectifican las ideas. Lamentablemente, nuestras autoridades académicas y los pedagogos que elaboraron la reforma están entre los primeros. Y cuando por fin aparecen los datos y los porcentajes que confirman lo que todo el mundo sabía, y les parece demasiado duro seguir negando los hechos, los mentores de nuestras leyes educativas escogen otro camino para eludir sus responsabilidades: atribuir el fracaso a factores circunstanciales (como los cambios sociales o a la presencia de emigrantes) y no a la propia perversidad del sistema. La estupidez y la mala fe no son incompatibles.

Pero los que así argumentan olvidan dos cosas muy esenciales. La primera, que existen institutos en los barrios y en los centros de las ciudades, institutos con emigrantes e institutos sin ellos, institutos rurales e institutos en pequeñas villas marineras. Por mucho que haya mejorado España en general los últimos treinta años, y esto nadie lo duda, los medios en el que están situados los centros de enseñanza pueden ser muy distintos, pero en todos ellos el nivel de conocimientos de los alumnos y el de convivencia bajó estrepitosamente en cuanto se implantó la reforma. Cuando una misma ley provoca efectos tan desastrosos en circunstancias sociales tan variadas, es razonable pensar que la culpa es de la ley, y no de las circunstancias sociales. La segunda, muy a menudo olvidada, es que la reforma no se implantó a la vez en todas partes, sino que durante varios años estuvieron coexistiendo ambos sistemas. Y ya comenzaron a sonar las primeras alarmas, porque se empezó a ver la diferencia entre los alumnos que habían estudiado en institutos donde se mantenía el viejo sistema y los que lo habían hecho en aquellos que habían implantado el nuevo, claramente favorable a los primeros. Y esta diferencia se podía constatar entre centros próximos entre sí, por lo cual las disparidades que pudiera haber entre los alumnos según su origen social eran irrelevantes.
Naturalmente, entre los cambios sociales está la presencia de inmigrantes en nuestras aulas, pero atribuir a esta circunstancia el deterioro de la educación en España es, además de una villanía, una afirmación muy peligrosa, porque es una manera como otra cualquiera de fomentar la xenofobia. Un inmigrante no es por sí mismo más o menos gamberro que un español, aunque si no se le educa y no se sanciona su mala conducta puede ser tan zafio como un español a quien no se le educa y no se sanciona su mala conducta. Es más, muchos estudiantes, procedentes de países con una escuela más tradicional (porque al ser países pobres, no tenían dinero para invertir en experimentos educativos delirantes) se escandalizan del poco respeto que los alumnos españoles tienen a sus profesores. Y la mayoría de los chicos sudamericanos llegan sabiendo dos cosas que ignoran gran parte de nuestros estudiantes: a pedir las cosas por favor, y la tabla de multiplicar.
Lo último que se ha escuchado para justificar nuestro fracaso educativo consiste en atribuir la ignorancia de nuestros estudiantes a la poca formación de sus padres. El argumento es sencillamente insostenible. Con el sistema anterior a la LOGSE (que, por supuesto, distaba mucho de la perfección) un estudiante medio terminaba la educación obligatoria a los catorce años sabiendo más que lo que sabe hoy un estudiante que acabe la enseñanza obligatoria a los dieciséis. En más tiempo se han conseguido peores resultados. ¿Estaban los padres de nuestros alumnos, antes de la implantación de la reforma, mejor preparados que los padres de ahora? Pero retrocedamos mucho más en el tiempo, cuando la enseñanza obligatoria sólo alcanzaba hasta los diez años. En escuelas unitarias, con un solo maestro para todos los niveles (y ahora se habla de “educación en la diversidad” como si fuera una gran novedad) aprendían los niños cosas como la tabla de multiplicar, el sistema métrico decimal, a escribir sin faltas de ortografía y otras cosas que hoy ignoran muchos de los estudiantes recién titulados de la ESO. ¿Eran sus padres más sabios que los de ahora? No, los padres de los alumnos de las escuelas rurales eran labradores, algunos de ellos analfabetos.
Más bien sucede lo contrario, quizás por primera vez en toda la historia, la generación de los padres (aún habiendo estado escolarizada menos años) está mejor preparada que la de los hijos. Pero todo vale, ignorar la realidad, negar los hechos, cualquier argumento por disparatado que sea, con tal de no reconocer lo que ya admite toda persona con sentido común: que la reforma educativa fue un disparate y que quienes la elaboraron son unos irresponsables. Y mientras esos irresponsables sigan poniendo su orgullo por encima de su país, la situación irá a peor y se seguirán malogrando generaciones y generaciones de estudiantes. El día que sean capaces de reconocer su error y la urgencia de rectificar, la cosa empezará a tener visos de solución.

Enero 19, 2008

Artículo de Maximiliano Bernabé en El inconformista digital

El siguiente artículo firmado por Maximiliano Bernabé ha aparecido publicado en El inconformista digital. Espero vuestros comentarios.

Contra la pedagocracia
(O donde se narra lo que me sucedió en un foro pedagógico)
por Maximiliano Bernabé
Esto es, el gobierno de psicopedagogos y demás expertos sobre el sistema de la enseñanza española, cuyo desmontaje progresivo llevan acometiendo, al menos, desde 1990, año de la promulgación de la LOGSE, Ley orgánica de ordenación general del sistema educativo. La acción de estos modernos comisarios políticos, vicarios de la destrucción de un sistema educativo que no era, de seguro, el mejor del mundo pero que funcionaba, se ha acrecentado desde hace unos meses; tras la promulgación de la LOE, Ley orgánica de la Educación, en 2007. Por ahora, el fatal rodillo que va arrasando nuestro sistema educativo y que ya dejó la enseñanza primaria con niveles culturales que rozan el subdesarrollo, está empeñado en la erradicación de cualquier atisbo de inteligencia de la secundaria. En la obligatoria ya está casi totalmente conseguido, y se procede al asalto del Bachillerato: ya se puede pasar de un curso al otro (sólo dos) hasta con cuatro asignaturas suspensas. La universidad será el siguiente paso. Tras el vaciado de contenidos ya efectuado en las diversas materias, ahora se marcha por el camino de la burocratización absurda, con el fin de alienar la actividad del profesor. Que pasen el tiempo rellenando documentos redundantes y en algunos casos ininteligibles, no vaya a ser que les dé por pensar en la utilidad de lo que están haciendo, o simplemente quieran estudiar, formarse, en disciplinas que no sean los cursillos de risoterapia y similares, en algunos casos impartidos por empresas vinculadas a o poseídas por algunos de nuestros próceres de la Psicopedagogía. Aquí todo queda en casa. Esta “burrocracia” ahora se concreta en los llamados “informes trimestrales”, que en la Enseñanza Secundaria Obligatoria son unos documentos que acompañan a los boletines de notas. En esos mamotretos de varios folios, los padres de los alumnos encontrarán muchas observaciones y recomendaciones sobre aspectos que en nada deberían competer al personal docente, desde la limpieza y olores que desprenda el alumno, a su grado de “interactuación” con sus compañeros, los “roles” que asume dentro de la clase de “ratio” variable, si se integra en grupos “inclusivos”. Sólo por citar algunos ”palabros”. Esta acumulación de memeces, entre obvias y pedantes, podría resultar hasta divertida, si no fuera porque tiene un cierto tufillo de control orwelliano de todo menos aquello para lo cual los chicos fueron al instituto, la formación, y porque en su elaboración se va ahora gran parte del tiempo de muchos departamentos didácticos. Éste es sólo un paso más hacia el predominio en las diferentes asignaturas de la doctrina sobre los contenidos. Otro aspecto de esta burocratización es la implantación en la enseñanza de procedimientos hasta ahora circunscritos a la empresa: hay que “auditarlo” todo, que en la práctica se plasma en rellenar multitud de formularios de evaluación. Esto quizá pueda ser hasta útil para controlar la producción y mecanismos de una fábrica de embutidos, por poner un ejemplo. Sin embargo, en una actividad de corte intelectual, como es la educación, a veces no se sabe lo que se evalúa si no es la pérdida de tiempo. Imaginen que cuando Julio II encargó a Miguel Ángel pintar la bóveda de la Capilla Sixtina, éste hubiese tenido que pasar más de la mitad del tiempo asignado rellenando cuestionarios sobre los pasos en los que tendría que dividir su trabajo y los procedimientos para realizarlo, y luego, a la hora de la verdad hubiera pintado apresuradamente unos mamarrachos. Pero claro, los profesores son unos vagos que tienen muchas vacaciones y ahora van a tener algo en qué ocupar su ocio. Esto es lo que acostumbra a decir un inspector educativo que yo me sé, y es una idea que ha venido propagando toda esta progresía pija, que en el seno de varios gobiernos del PSOE –nacionales y autonómicos- ha programado el desmontaje del sistema educativo. No es que el PP hiciera mucho por remediarlo cuando gobernó, mas la paternidad del desmán no se la puede disputar nadie a estos pijo-progres que parece que tramaron su siniestra reforma tras ver “El Club de los Poetas Muertos”, o alguna otra película del subgénero del profe guay que interactúa con sus alumnos díscolos. Tampoco a la cohorte de pelotas y lametresillos que les rodea. Y sobre todo a los pedagogos y expertos de jerga bizantina y vacua. Todos ellos tienen en común que tras haber casi logrado el desprestigio total del sistema público de enseñanza español, llevan a sus hijos a centros privados. Puede que lo hayan hecho todo para convertir los centros públicos en aparcamientos para pobres y quitar competidores a sus tiernos retoños. Luego, achacarán los problemas del sistema a la enseñanza de la religión católica y a la resistencia a la implantación de educación para la ciudadanía. Señores, esos son otros problemas. Uno de política exterior (renegociación de los acuerdos con el Vaticano) y el otro, de la implantación de una asignatura inane más, las “marías” de toda la vida.

Es interesante asistir a uno de los congresos que periódicamente montan estos expertos pedagogos. Esos saraos que a los sumos sacerdotes de la progresía educativa les organizan para que tanto espinazo-doblado les ría las gracias y las genialidades. Recuerdo uno al que asistí no hace mucho (tengo ese placer insano de ir a ver cómo piensa el enemigo), cuyas actividades son extrapolables a la mayoría de estos eventos. Ahora suelen comenzar con un coro que entona el tema central de “Los Chicos del Coro”. Y luego vienen los expertos. Yo tuve el placer de escuchar a la lumbrera pedagógica de la universidad de Murcia, fiel escudero de la secta pedagógica, quien en un tono avinagrado, perdonavidas, hasta chulo, comenzó soltando varias frases llenas de palabros de esos que no vienen en el Diccionario de la Real Academia, para justificarlos seguidamente con un “Es que soy de Pedagogía”. Con dos cojones, como se dice vulgarmente, pero que, por lo menos, es buen castellano. Luego continuó con un aire tétrico de comisario estalinista con que habría que plantearse poder separar del servicio a los profesores que no siguieran ciertos métodos pedagógicos.

Más tarde vino la lumbrera del sindicalismo gallego progresista de la educación (algo así dijeron cuando le presentaron), adalid proletario-pacifista de la mediocrización de la enseñanza, el cual, como un dios airado, comentó elogioso la conducta de un alumno maleducado, rayana en el gamberrismo, hacia un profesor que se atascaba en la materia que impartía –sucede que debido a inadecuada planificación, en centros pequeños hay profesores que deben impartir asignaturas para las que no están debidamente preparados-. Aunque ninguno de estos cantamañanas es comparable a otro que recuerdo de ocasiones anteriores, lumbrera de la universidad de Málaga, quien cual santo guerrero, tiene la querencia de predicar con parábolas sobre animales que deben trepar a los árboles y la obsesión de que profesores y alumnos han de compartir los mismos retretes. No sé qué trauma adolescente les habrá llevado a semejantes postulados; bien es cierto que todos ellos tienen una visión del profesor como un ser torvo que hace recitar listas de reyes visigodos, dice ya en Septiembre que van a suspender todos y se pasea por entre los pupitres vara cimbreante en mano. ¿Qué les sucedería en sus años mozos? Luchando a duras penas contra el deseo de siesta, pues hay que decir que estos expertos que han hecho de la motivación la panacea que sustituya a estudio y esfuerzo, son mortalmente monótonos, escuché a las autoridades presentes, oscilantes entre la elocuencia del garrulo aventajado y el tedio de quien cita pasajes de libros que no ha leído. A continuación suele venir alguien que te cuenta las bondades de sistemas de otros países. Ahora está de moda el finlandés, sobre el cual pocos se han parado a pensar que lo que le hace funcionar es que emana y se asienta en una sociedad protestante, con ética del trabajo, que suele dedicar largas horas a la lectura, y que pasa mucho tiempo en casa. ¿Podemos mimetizarlo? Tras algún monólogo ingenioso de esos que están de moda entre los “modelnos”, en estos tiempos abundan las exposiciones sobre los maestros de la II República. Esto tiene la función, subliminal o no, de evadirnos de los problemas actuales haciendo que sintamos empatía hacia una época en la que sí, puede que se hicieran esfuerzos por la enseñanza (aunque no fue la única), pero que no tiene ninguna similitud con la presente. El que estos mangantes se proclamen herederos de los maestros republicanos es una impostura. Lo mismo que lo fue justificar la invasión de Iraq apelando a la vieja película de la II Guerra Mundial. Esto también es una falacia. Como corolario viene la ocurrencia de achacar los malos resultados de nuestros escolares en informes internacionales a gente de otras épocas. Varios responsables educativos, no hace mucho, han cargado el muerto al franquismo ¿A quién si no? Ya puestos, podrían haber culpado a los suevos, o a los cartagineses. Claro, que mejor es la genialidad de la ministra de educación, Sra. Cabrera, que dice que hay cosas en las cuáles nuestros alumnos son buenos, como es el lenguaje de los mensajes de móviles. Sin palabras.

Así es como se escenifica el ataque directo al corazón de la inteligencia en el sistema educativo español. La iniciación en unos saberes milenarios, asentados sobre los peldaños de nuestra civilización se ve sustituida por que el profesor (ahora convertido en educador, más adelante en animador juvenil, para pasar a ser llanamente un payaso) pase (“interactúe”) varias horas con sus alumnos manteniéndoles en unos débiles límites, no ya de corrección, sino de una difusa “no agresión”, pues la mayor parte de las asignaturas han sido despojadas de contenido. En Bachillerato se introduce una asignatura pomposamente denominada “Ciencias del Mundo Contemporáneo” para chicos que no han aprendido ni Matemáticas ni Física. Como si un lego absoluto en música hubiera de convertirse en un gran intérprete pianístico simplemente oyendo dos o tres veces un disco de Chopin. Se está expoliando a los institutos de su capacidad para que los alumnos intenten mejorar personal y socialmente a través del esfuerzo y el mérito. A esto lo llaman “elitismo”. Díganme señores pedagogos, lo que un hijo de familia de pocos recursos no aprenda en el instituto ¿Dónde lo aprenderá? A lo mejor pasa que estos progres pijos, que llevan a sus hijos a colegios privados o al extranjero, lo que quieren llanamente es que los hijos de los que tienen menos euros que ellos estén ya destinados desde la adolescencia a acarrear ladrillos o poner cañas. Ante refutaciones como ésta, los expertos pedagogos y sus pelotas siempre acaban diciendo lo mismo: lo que pasa es que tú eres de Derechas. No se preocupen quienes se sientan izquierdistas. Primero, ser de Derechas no es un defecto ontológico, y luego, un progre es a un izquierdista lo que un dominguero a un explorador.

En cuanto a la correlación de fuerzas, no hay que ser optimistas; corre a favor de los partidarios de la secta pedagógica. Frecuentemente pensamos que hay muchos profesores y maestros que están por el sentido común. No tantos. Entre a quienes, legítimamente, absorben sus cargas familiares, los preocupados por aprobar la oposición, los entregados a una vida social intensa (hay tantos) se restan muchos posibles partidarios. Sí, algo empieza a moverse contra tanta impostura pedagógico-destructiva. Se han publicado varios libros en los últimos años. Algunos desde posiciones ideológicas aparentemente lejanas. Están “El Panfleto Antipedagógico” de Ricardo Moreno Castillo (Ed. Lector) y “La Enseñanza Destruida” de Javier Orrico (Ed. Huerga y Fierro) entre los más destacados, además de varios artículos de escritores señeros. Pero ¿Por qué no nos unimos en este combate? Las posibilidades y el destino de muchas generaciones, presentes y futuras están en juego. Sinceramente espero que no sea por ese vicio tan nuestro de querer ser todos generales. En esta empresa también hacen falta muchos capitanes, y, claro está, soldados, entre los que ya engrosamos las “huestes antipedagógicas”, o del sentido común.

Maximiliano Bernabé Guerrero. Toledo.
Redactor, El Inconformista Digital.